Hazlo tú Domingo, jun 7 2009 

Mucho se ha escrito en este blog sobre la amabilidad de los afganos, se ha intentado matizar la mala publicidad que se han ganado a través de los medios de comunicación: todos terroristas, todos extremistas, mujeres envueltas en trapos no lejos de sábanas – burkas -, unos bárbaros pues.

He conocido extremistas, no sé si me habré cruzado alguna vez con un terrorista, y las burkas las veo a cada rato. Lo que no se ha mencionado hasta el momento es el ambiente laboral con ellos, ¿qué sucede cuando se tiene que pasar por los menos 8 horas con ellos en un ambiente de trabajo?. Ahí, mis queridos lectores, la canción cambia.

Menciono siempre experiencias personales, no sé cómo han pasado otras personas extranjeras en un ambiente laboral afgano, pero no puedo decir que los comentarios han sido muy halagadores. En mi caso, el cuadro es el siguiente: trabajo para una empresa de comunicaciones como gerente de proyectos, rodeada de veinticinco personas entre 20 a 35 años, todos varones… y yo soy la única mujer.

No voy a negar la amabilidad existente, sonrisa se paga con sonrisa, de modo que se me ha olvidado que estoy dentro de una cultura donde la mujer no sonríe, así que me gané más de un fan enamoradoa la afgana: chóferes que me ordenaban no salir porque era una sexy woman y que era peligroso para mi, que me decían que me meta un velo mas largo y que por último terminaron usando la barba como mi esposo para parecerse a él. ¿Mi reacción?, la frase: no soy tu hermana, no soy tu madre, no soy tu esposa, no soy tu amiga, más una ayudita por parte de los dueños de la empresa para cambiarme de chofer. Puede parecerles cómico, pero créanme que es una situación bastante pesada.

La relación jerárquica existe y se obedece cuando se trata de hombre-hombre, cuando aparece una mujer en pantalla, en este caso yo, la reacción masculina es hacer mal el trabajo o simplemente no hacerlo, más de una vez me respondieron tú sabes como hacerlo, así que hazlo tú, o hasta un yo no quiero hacerlo. No sé si tuve la reacción culturalmente aceptable, no lo creo, amenazarlos de botarlos, supongo que es algo que no esperan que haga una mujer, pero no había otra solución. Todo esto realizado con buenas maneras, no gritos, no insultos, no desesperación por más que me encontraba al borde de un ataque de nervios.

He visto como el jefe superior los grita, de una manera que yo jamás vi gritar a nadie, insultarlos de monos, que en nuestra cultura vendría a ser algo así como si nos llamaran perro, no sé porque el ser mono es tan peyorativo, un animalito tan simpático e inteligente – tampoco sé porque perro es peyorativo -. Los he visto llorar tras ser insultados, cinco minutos después pedir disculpas al jefe hasta arrodillarse y al día siguiente decirme que no querían trabajar. No, yo nunca los llame ni monos ni de ningún otro nombre que el indicado en sus documentos de identidad, tampoco he hecho llorar a nadie, y sin embargo he escuchado un “debería quedarse con su esposo”.

Si el mundo afgano que conocí hasta ahora se limitara a un ambiente laboral, probablemente solo aumentaría más publicidad negativa, son esos momentos totalmente fuera del trabajo, compartiendo con pobladores de pequeños pueblos que han hecho de mi estadía en Afganistán digna de un grato recuerdo. Pero no voy a tapar la mayor realidad: Afganistán es un país para hombres, poco importa la nacionalidad y cultura, una mujer sobre todo si creció en otra cultura, lo pensará dos veces antes de pasar una larga estancia en el país de las burkas.

Imbécil! Martes, may 26 2009 

¿Cuál es la palabra que más he utilizado – mentalmente, claro está – en Afganistán?, pues es: Imbécil, así con signo de admiración incluido.

No se trata de que ande insultando a cuanto afgano tenga al frente, es una expresión que sale entre las 9.00 – 9.45 am y 4.00 – 4.50 pm, es decir, cuando estoy dentro del carro, como pasajera ejemplar rumbo a la oficina ó de regreso a casa.

Se podría decir que los afganos al volante son kamikazes en potencia, no soy quien para dar lecciones de conducir ya que no sé como hacerlo, pero cuando de pronto el chofer decide dar marcha atrás tomando una calle en contra con cincuenta autos que vienen de frente, no hay otra palabra más a utilizar que ¡Imbécil!

El uso del freno (o el no uso del mismo), el color rojo del semáforo sin significado, la pasión por el claxon (no pueden separarse de él), el desinterés por mantener distancias,  el capricho de querer conducir por una calle de sentido contrario, hace que, por lo menos cuatro veces al día se me escape un ¡Imbécil!, con ganas.

Ayer las acrobacias del chofer más la imbecilidad de otro hicieron que chocáramos, así es ¡bravísimo!, tuve derecho a un lugar VIP de una pelea entre afganos: puro insulto, no un solo golpe, y yo desde el carro tratando de dar el primer premio al más “I” de los dos, seamos justos señores: fue un empate.

¿Policía de tránsito?, se les puede encontrar siempre en medio de un embotellamiento (panes de cada día en Kabul), perdidos en el espacio, sin la menor idea de qué hacer. No es que no les hagan caso, en Kabul a la policía se le respeta (tienen armas, pueden usarlas), solo que la policía parece no haberse dado cuenta de eso.

¿Creen que exagero?, pues vengo de Iquitos, donde los señores “I” (sobre todo, los mototaxistas) son el pan de cada día. Si los comparamos con los conductores afganos, podemos decir que los mototaxistas de Iquitos conducen respetando las normas más exigentes de tráfico.

 ¿Solución?, ninguna, ya se me escapo un “debería conducir con mayor cuidado” y me gané un “en Afganistán se tiene que conducir así sino no llegamos nunca”. Lo único que me queda es, a pesar de las burlas, utilizar el cinturón de seguridad y taparme los ojos cuando veo que un enorme camión viene justo sobre nosotros. Amén.

Secuestraron al chanchito! Martes, may 19 2009 

La gripe porcina llegó a Afganistán teniendo como víctima al único cerdito presente en el país.

Hace un par de años, el embajador de China en Afganistán no tuvo mejor idea que donar un cerdito al zoológico de Kabul. El animalito, solo en su corral es víctima continua de pequeñas pedradas, insultos y demás humillaciones.

Cuando la  gripe porcina hizo su aparición, los afganos se creyeron fuera de todo plan divino contra la humanidad, diciendo que era un plan para castigar a los infieles que se alimentan de ese impuro animal. En pleno paseo al zoológico, una doña en burka dio tremendo grito al ver al cerdito, se desató una locura general y el pobre cerdito…. entró en cuarentena.

Los responsables del zoológico están concientes que el cerdo no tiene nada que ver con la gripe porcina, pero que no pueden hacer nada en contra de la población y que por cuestiones de seguridad – del cerdito – era mejor mantenerlo por unas semanas en cuarto separado, en cuarentena, no vaya a suceder que un poblador atrape un achis y culpe al chanchito.

La aguja a mitad de precio Martes, abr 28 2009 

La presencia de extranjeros en el país ha dado lugar a una atmosfera de precios alucinantes para expats. Por momentos tenemos la impresión de estar en Nueva York, Paris o Londres por los elevados precios en los negocios dirigidos a los extranjeros, es común salir del supermercado comprando cuatro cosas y con una factura de cien dólares. Obviamente los afganos no pagan cien dólares por esas cuatro cosas – el salario promedio mensual afgano es de 60 dólares -, sino que acuden al mercado normal, con precios normales y…. por medidas de seguridad, no accesible a extranjeros.

En fin, los precios exorbitantes tocan el sector salud, una serie de clínicas privadas han abierto sus puertas, con servicios aceptables, en general son clínicas de diagnóstico solamente y no de tratamiento, no tienen capacidad para albergar camas de enfermos por ejemplo, pero la intención es buena, y por lo menos en Kabul, ya se tiene acceso a servicios médicos básicos de calidad, muchos de ellos gratuito por los afganos – o a precios muy bajos – y a precios increíblemente altos para los extranjeros.

Para mi primera cita médica por cuidado pre-natal, una doctora canadiense muy amable me atendió, sacó todas las pruebas de laboratorio necesarias teniendo la gentileza de usar la aguja más chiquita por ciertos temores fóbicos hacia las agujas, unas vitaminas por acá, unas vitaminas por allá y llegó el momento de pagar la cuenta: casi 500 dólares en un día, ni siquiera en un día: ¡en 1 hora!, mi chauvinismo peruano hizo una conversión monetaria: 1150 nuevos soles…. Ni en la clínica más pituca hubiera pagado esa cantidad por una primera cita y unas cuantas vitaminas. Obviamente, no tenía esa suma en el bolsillo – había llevado 100 dólares creyendo que iba a ser la cantidad más cara a pagar -, dejé entender que no tenía como pagar por el momento, puse mi rostro de futura madre angelical más mi pasaporte en el escritorio como garantía y fui al cajero automático.

Saqué cálculos, y tenía que encontrar una solución más económica a mis futuras visitas médicas: un hospital Afgano-Americano, con ginecólogas mujeres formadas por extranjeros, parecía una respuesta a mis plegarias.

Nunca pisé un hospital 100% afgano, no sé si ese hospital puede considerársele como tal, en todo caso, yo parecía ser la única extranjera en un mar de afganos. En cuestión de infraestructura, el hospital esta bien lejos de a clínica de a 500$, tienes la impresión de estar un una posta médica mal equipada de los años 80 en el Perú. Ahí también había una división, como extranjera tenía que pagar más, y todo pago se realiza antes de consulta.

El consultorio de ginecología estaba limpio, equipado de una cama simple, una mesa simple con los implementos – supongo – necesarios. La doctora fue muy gentil, pero hacía preguntas que a mi parecer estaban fuera del contexto médico, por ejemplo, al pedirme una prueba de VIH le explique que no era necesario ya que en una clínica anterior me pidieron y que di negativo, me gané como comentario “es cierto, en Afganistán no podemos encontrar muchos boyfriend”, expliqué mil veces que estaba casada, mostré mi anillo con el nombre de mi esposo y fecha de matrimonio grabado en él, nada, para esa doctora, todas las extranjeras teníamos boyfriend además de los esposos. No me sentí implicada, pero ¡vamos!, no es muy cómodo ganarse ese tipo de comentarios.

Había llevado todos los resultados de la clínica de a 500 dólares, pero la doctora insistió en hacerme unos cuantos análisis más, al ir al laboratorio, un pequeño cuarto que olía a alcohol, expliqué – al igual como expliqué en la clínica de a 500$ – que tengo pánico a las agujas, si podrían usar la más pequeña. El laboratorista me dijo que tenía solo una talla de aguja, y definitivamente no era la más pequeña, tomó mi brazo, me lo ligó y sin contar hasta tres me metió la aguja y la sacó, – entonces, dolió, – sí – ay! Pero no estas muerta. Todo este espectáculo en medio de burkas descubiertas curiosas.

Un análisis más, y necesitaban una muestra. Me indicaron el baño: no estaba limpio, y todos estaban ocupados, una dama que al parecer estaba apurada, no tuvo ningún reparo en tomar “la muestra necesaria” en pleno corredor, tuve que mover el pie unos centímetros para que ‘la muestra’ no me ensucie. Al desocuparse un baño una señora se sacó la burka y me pidió muy amablemente si podía guardársela mientras ella estaba ocupada.

Después de todas las aventuras de pruebas y agujas, pasé al ultrasonido, no gran anécdota afgana a contar, solo vi a mi bebé, en ese momento – hace más de cuatro semanas atrás -, de solo 17 milímetros y que crecía sin contratiempos, sin hacer problemas a su mamá que se debatía entre baños, muestras y agujas por menos de la mitad de precio.

En dos semanas tengo que ir a otro control médico. Creo que tomaré la opción cara, no por las agujas, o por las muestras de otras mujeres llegando a mis pies, o por comentarios de amantes. Yo busqué durante mucho tiempo entender a los afganos, tratar de comprender su visión de las cosas, sus malestares. Espero que sepan entenderme, pero en esta nueva aventura, ser mamá, voy a dejar a mi pequeño pedacito de mundo, lejos de una sociedad que no le pertenece.

Salmón, vino, secuestro y balas: Una extraña solidaridad femenina en el día de la mujer Jueves, mar 12 2009 

El domingo pasado se festejaba el día de la mujer. Hasta el sábado anterior no tenía idea de que el next day sería una festividad especial para las mujeres y que yo estaba cordialmente invitada a una cena de mujeres francófonas en honor a nuestro día. Fui una vez más llevada por la curiosidad, saber de qué hablan las francófonas el día de la mujer en Afganistán, seguramente habría una que otra afgana lo que me llamaba más la atención aún, además de que el menú mencionaba salmón como plato principal y que se me había prometido el pago de una deuda de hace algún tiempo. Razones suficientes, puse mi nombre en la lista de invitadas.

La cena debía haber empezado a las 7 de la noche, a esa hora aún me encontraba en casa esperando un taxi seguro(1) al que había llamado dos horas antes; en el momento justo en que realizaba mi nonagésima llamada a la empresa, esta vez para cancelar el pedido, me informan su taxi acaba de llegar y se encuentra en la puerta de su casa. No sé si estaba molesta porque el taxi tomó dos horas en llegar y no los veinte minutos prometidos o si porque efectivamente el taxi había llegado y yo ya no quería ir a la susodicha cena de mujeres francófonas festejando el bendito día de la mujer.

Llegué 40 minutos tarde, la cena aún no había empezado, a mi lado derecho una joven India muy simpática que no sabía qué hacía en una cena francófona ya que ella no hablaba francés, al lado de esta joven, la dama que me había invitado (y que me debía el dinero prometido, no una fortuna, de hecho una suma bastante cómica, pero como desde chiquita me enseñaron a pagar mis deudas, espero que la gente que las tiene conmigo también las paguen). Al frente, una dama afgana, ¡bingo!; tenía la oportunidad de escuchar la opinión de afganas sobre el día internacional de la mujer.

Rosita roja para cada dama, incluyéndome, té, Coca-Cola o algún licor a escoger (vino blanco para mi), y una conversación sobre los niveles de salubridad por las mujeres Afganas, otra sobre amigos comunes con la joven India, y nada sobre el dinero que esperaba en ese momento por el otro lado. Me aburría.

Una de las damas afganas sentadas al frente mío terminaba su copa de vino blanco en un estado no muy honorable, el menú indicaba pastas a la crema con salmón y ella recibió un filete de salmón con puré de papas, la dama se ofuscó, ofendió, – en jerga – se asó pues, decía que ella había pedido las pastas y no el filete (que además no estaba comprendido en el menú), yo creí que ella recibía un tratamiento especial, ella creyó que le daban cualquier cosa porque era afgana, me encontraba a punto de ofrecerle un cambio de platos porque su filete de salmón me decía cómeme, cómeme, cuando la dama se metió en una colorada discusión diciendo que estaba harta de que la maltraten por ser afgana, por no tener un pasaporte extranjero, que ella sufría más que nadie, que no era posible seguir viviendo siendo insultada así. Yo, seguía pensando que su filete de salmón estaba mucho más apetecible que nuestros platos de pastas, que ella debe ganar por lo menos tres veces más que yo en salario y diez veces más que el común de las afganas que pueden trabajar, y que siendo afgana había viajado por todo el mundo; no, ella no era parte del común de afganas, no estaba siendo insultada y sin dudar forma parte del medio privilegiado del país, no es de ella de quién iba a sacar una versión interesante sobre el día de la mujer en Afganistán.

Esta especie de teatro terminó con unos balazos. ¡No crean que la dama afgana cogió un arma contra un mesero!, sino, alguien se había escapado de ser secuestrado a unos metros del restaurante en momentos en que tomaba un taxi seguro. Todos se concentraban en hacer llamadas y yo en terminar mi plato de pastas, no un acto de valentía, sino de nerviosismo. Se esperó una hora después de que la balacera haya terminado y de un golpe, todas parten, incluyendo la gran amiga que me debía el dinero. Pregunté si tenían un carro, considerando que yo no podía tomar un taxi seguro (no tan seguro después de lo que había pasado una hora antes), como respuesta tuve un vives muy lejos, no en nuestro camino, deberías llamar un taxi. Se fue, con esa respuesta que denota una amistad profundamente a la occidental y sin pagarme. Me quedé sola en el restaurante, y no es falso si les digo que nunca me sentí tan sola en mi vida, por primera vez después de dos años en Afganistán tuve miedo, un miedo de verdad, no un ataque de histeria producido por el secuestro de alguien cercano o una bomba cerca de casa, tuve miedo porque probablemente alguien había muerto fuera, estaba a 20 minutos en carro de casa y nadie podía (o quería) ayudarme, tenía miedo porque ví el egoísmo en un rostro muy conocido y porque acababa de descubrir que la guerra y los momentos difíciles no acercan a las personas sino que las alejan, y que los actos de heroísmo forman parte de películas hollywoodenses solamente.


(1) Taxi Seguro: Empresa de taxis trabajando en Kabul para público extranjero. El precio es cinco veces más alto que un taxi normal, después de ciertos deterioros en la seguridad de la ciudad se ha convertido en la única opción para los extranjeros que no gozan de movilidad profesional.

El perro que tocó a mi puerta y no quiso entrar Domingo, mar 8 2009 

Pirula, el dia que llego, el mismo dia que no quiso quedarseSi la pobreza maltrata la vida de los hombres en Afganistán, en el caso de los animales es una tortura. Con los animales que pasan directo al estómago: vaca, cordero, pollo, gallina, en fin, todo aquel que la religión musulmana da open ticket para meterlo en la boca, digamos que están fuera de las leyes europeas en cuanto a tratamiento de animales para consumo, nos hacemos tripitas corazón y el diablillo que tenemos sentado en el hombro derecho dice que no nos preocupemos, nos los vamos a comer de todos modos. El angelito que tenemos sentado en el hombro izquierdo no va a pelear por derecho de una muerte justa y no estresante para la vaca, sino a reflexionar sobre la gente que tendrá algo que comer en la noche.

 

Yo no escuché ni al ángel ni al demonio, sino a un cachorro que lloraba afueras de la casa. Perros he visto por montones en Kabul, siempre en el mismo estado: mendigando comida y huyendo de la gente. La mayoría de afganos no simpatizan con los perros y los corretean a piedrazos, yo, pues, yo correteo a la gente a piedrazos, no creo que el mensaje no hagas al perro lo que no te gustaría que te hagan a ti lo entenderán o siquiera tratarán de comprender, pero al menos habré salvado un perro de un piedrón!. El llanto del perrito me hizo salir de la casa pensando que dentro de poco habrá una bandada de niños que lo correteará, así que mejor salía para intentar un diálogo amistoso a favor del cachorro con sus jueces gratuitos, o salía para también defenderlo a pedradas (yo uso de las chiquitas).

 

Es raro encontrar un cachorro solo en la calle. En Afganistán todo funciona por clanes, las familias son tentaculares, esto sirve para defenderse, lo mismo sucede con los perros, nunca están solos, siempre en bandas igualmente para defenderse. Me encontraba con un cachorro perdido en mis brazos al que no iba a abandonar. Lo metí a casa, lo bañé, lo alimenté ante la mirada celosa de mi hurona parisina, mientras pensaba en la manera de conseguir un pasaporte europeo para mi nueva mascota. Tenía su futuro arreglado, vacunas, comida de calidad, abrigo; unas llamadas de teléfono iba a solucionar el problema del pasaporte y lo único por lo que me tenía que preocupar es por crear un ambiente suficientemente agradable y engreimientos equilibrados para que mi hurona parisina no tenga un ataque de histeria.

 

A las tres de la mañana, Pirula, es decir mi nueva mascota, empieza a mostrar su inconformidad: empieza a aullar como Colmillo Blanco, pero ella es conciente, sabe que necesito dormir así que me da una tregua de quince minutos para atacar con los aullidos otra vez. Me ha pasado que al estar muy cansada veo doble, pero en esa ocasión no era mi vista sino mi sentido auditivo que ponía multiplicaba hasta por cinco los aullidos que escuchaba, rápidamente entendí que los diversos aullidos no venían de un cachorro sino de diversos perros. Abro la ventana y veo una gran perra en mi puerta, visitas a las tres de la mañana y no para mi. Una charla madre-nueva dueña: abro la puerta y no era solamente una perra, sino siete perros más que venían a buscar a Pirula que se apresuraba por bajar las escaleras y salir de la casa, no sin antes le haya dicho “Pirula, te he bañado, te he alimentado, te ofrezco un hogar sin mencionar que un pasaporte europeo, tú decides donde quieres ir”…. Y Pirula se fue de casa.

 

Pirula partio, algunas veces gozo de su grata visita, pero nunca sola, es una dama afgana y como tal, vendrá siempre acompañada de por lo menos un miembro de su familia, disfrutando de lo mejor de dos mundos.

Alguien que conocí Domingo, mar 8 2009 

Los rostros me resultan extrañamente familiares en Kabul, no es que conozca toda la ciudad, simplemente que el rostro afgano es muy cercano al rostro peruano. En cada esquina me parece ver a mi hermano, mi padre, mi madre, mis amigos… mis abuelos. Es difícil separar emociones entonces, sobre todo cuando se ha vivido dos años bajo un país considerado la antitesis del mío.

Para darme buena conciencia, a veces, suelo dar dinero a los mendigos que solicitan, no crean que con este a veces quiero decir que o soy avara, que soy insensible, que la gente no me importa. Ay las cosas no son tan fáciles como parecen! (y es tan sencillo, además gratuito, juzgar comportamientos ajenos).

Kabul, 09.00 am en una avenida principal en los alrededores de uno de los hoteles más importantes del país, dos cuadras, 25 mendigos (los conté hoy), más mujeres y niños que varones, los pocos que hay o les falta por lo menos una pierna o son demasiado ancianos. Las mujeres en burka o sin ella, con bebés en brazos, hacen contacto visual, se pasan la mano sobre la boca… tengo hambre, ¿quién de los 25 merece más una moneda? ¿Por qué dar a uno y no al otro?

Kabul, 12.00m, cerca al bazar, una gran calle: 20 mendigos (también los conté), la particularidad: todos están sentados, separados un metro uno del otro, todos víctimas de minas antipersonales: sin piernas. ¿Quién de los 20 merece más una moneda? ¿Por qué dar a uno y no al otro?

Kabul, 06.00pm, vuelvo a pasar por la avenida cerca del hotel importante. La cantidad de mendigos aumenta mientras pasan las horas del día, a las 06.00pm se pueden encontrar a todos los de la zona. El tráfico es terrible en Kabul, es increíble cómo en un país tan pobre casi todos tienen un auto (generalmente en muy mal estado); como de costumbre, un embotellamiento, a la cola de mendigos se suma la cola kilométrica de carros. Algo me llama la atención, una burka, pero no como las demás, una burka en medio de un charco, en medio de la cola de autos y no se mueve, está parada, no habla, no repite hamshira hamshira, burka bañada en lodo, una mano implorando una moneda y la otra sosteniendo un palo de escoba que le sirve de bastón, esa mano tiembla, esta burka encorvada, una anciana, esta señora con joroba vistiendo una burka, sosteniéndose con la ayuda de un bastón me recuerda a alguien que conocí.

Pare el auto!, las puertas se cierran, no!, no salga, es peligroso, quédese acá. ¿Por qué dar una moneda a ella y no a los otros? – Porque se parece a alguien que conocí, pero la moneda no se la pude dar a ella tampoco.

A cuenta regresiva Miércoles, feb 25 2009 

 

Malboro, martini; blanco, rojo, poco importa, cerveza, a montones, Heineken de preferencia, ron, vodka, wisky, etiqueta roja o negra, más malboro, algunos Light, una que otra botella de tequila, lástima no encontramos pisco!, vino, – sobre todo el chileno, es más barato….

 

Música, más música, más malboro, más alcohol, uno que otro troncho, más y más tronchos…..

 

Baile, juerga, todos somos amigos, aunque sea la primera vez que nos vemos, – toma mi tarjeta, – toma la mía, nos llamamos otro día, en otra party, las hay casi todas las semanas

 

- Es estresante estar en Kabul – uy sí, que bueno que hay fiestas, sino moriría

 

Malboro, martini, blanco, rojo… poco importa

Malboro, troncho, más troncho… más baile

 

- Tienes toque de queda, – sí, tú sabes que ahora esta hiper peligroso, –  uy sí que estresante, estoy harto de Kabul, menos más que este tipo de parties, sino moriría

 

Ron, vodka, wisky, etiqueta roja o negra….

Troncho… y más tronchos…..

 

Fuera de la casa de huéspedes, tres jóvenes extranjeros a penas pueden mantenerse en pie, esperan su chofer (afgano) quien abre la puerta del minibus y los ayuda a subir…

… llegando a sus destinos (otra casa de huéspedes), el guardián (afgano), abre la puerta y ayuda a los muchachos a subir a sus respectivas habitaciones

A la mañana siguiente: vasos, botellas de alcohol vacías, restos de cigarros, restos de tronchos, algún que otro invitado que quedo a dormir…. y tres encargados de limpieza (afganos) metiendo en bolsas de basuras negras, vasos, botellas de alcohol vacías, restos de cigarros, restos de tronchos….

….

…… limpiando, limpiando…. los errores culturales, pan de cada dia en Afganistan

 

Visión desde una 4×4 Miércoles, feb 25 2009 

Burka pidiendo limosna 

Después de dos años en Afganistán he visto mi medio de transporte pasar de la escala: caminar hasta ahora 4×4. Puede sonar chic, pero en realidad no hay nada más aburrido y menos saludable que el privar a alguien caminar. Peor aún, privar cuando se conoció – dando el toque melodramático -: la libertad.

 

Cuando recién había llegado al país, tuve la suerte de encontrarlo en una situación tranquila a pesar de las circunstancias, esto motivó que viajara a ciertos lugares sin mayores restricciones de seguridad que de evitar comer en restaurantes locales por riesgo de enfermedades estomacales. Así como vi evolucionando mi medio de transporte de piernas a 4×4, vi los riesgos cambiar de diarreas a secuestro (en el mejor de los casos).

 

Es así que cambié mis taxis amarillos, carroza re-parchada, color (y olor) local a una simpática 4×4, oscura, todo terreno; los gentiles (a veces no tanto) taxistas en pelown tombon, por un conductor de dos metros de alto y (a veces) de yapa, un guardián con Kalashnikov; éste último a falta de espacio en la cabina le da por apuntar en la cabeza del conductor o de los pasajeros con el arma, sin mala intensión por supuesto, no olvidemos que todo esto son medidas necesarias para mejorar la seguridad.

 

Desde una 4×4 la visión de la ciudad cambia, curiosamente se vuelve más real, es como si estaríamos en una especie de burbuja. Todo es gris, no reconozco el Kabul azul con el que me topé al llegar, supongo que la ciudad (o mis ánimos) también evaluaron: de azul a gris.

 

Los conceptos sociales que aprendí en mi país u en otros donde residí, son contrarios a los de Afganistán. En mis primeros meses de residencia en el país de las barbas y los velos estaba convencida de que este país no servía de nada intentar comprenderlo, tenía que conformarme sabiendo que era una realidad diferente y punto, meses después estaba convencida de que Afganistán era el infierno del mundo, que todo estaba al revés, que todo funcionaba mal, que su cultura era errónea, que ellos eran los culpables de tanto desorden. Después de dos años, mis ideas volvieron a cambiar. No hay cultura errónea dentro de su misma cultura (con esto no quiero limitar la problemática afgana a un ámbito meramente cultural).

 

Desde una 4×4, desde hace dos años sigo viendo a las mismas mujeres vestidas en burka mendigando, los mismos niños… mendigando, los mismos viejos… mendigando. Desde una 4×4 la imagen es casi el purgatorio, los mendigos ya no tocan mi mano para pedirme una moneda, ya no se abrazan a mis piernas para impedirme caminar, ahora se lanzan contra la camioneta, en desesperación, por la ventana veo solo manos pintadas con hena que suplican hamshira, hamshira (1). En invierno es más triste aún, no solo porque es más gris, sino porque en medio de la carretera, las burkas ya no son azules sino marrones a causa del barro, los mendigos no temen ser arrollados, qué más da, de todos modos sería la solución más rápida.

 

En la 4×4, un chofer de dos metros, un guardia que me apunta con una Kalashnikov en la cabeza (otra vez, sin ninguna mala intención) y una dama en burka que corre tras la camioneta mendigando cincuenta afganis.

 

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(1)   Hamshira: Hermana en Dari

(2)   Cincuenta Afganis: 2 dólares

El costo de la vida Sábado, feb 21 2009 

Seguimos en Afganistán, me encargaron el pequeño trabajo de seguir todos los pasos (de muy cerca) en materia de exportación de productos afganos. Algo anda medio raro en las oficinas de Aduanas afganas, siempre falta un papel y la solución es siempre la misma, la entrega de otro papel (monetario).

Veamos, veamos, por tres meses tendré que estudiar, analizar, investigar y reportar el desarrollo del comercio internacional en materia de exportaciones desde Kabul. Un trabajo a hacerlo con el corazón frío… tarea fácil.

Después de nadar, bucear y casi ahogarme en un mar de leyes, normativas, tratados, y todo el paquete relacionado con exportaciones se pasa a la acción: el seguimiento de mi primera exportación (la primera que yo seguía).

Necesidad de papeles: limpio, no pasa nada ahí, nadie pide nada más allá de lo necesario, se firma, se sella y ya está. Otra oficina, necesidad de más papeles: no pasa nada raro, se firma se sella y se paga, no es mucho, en promedio 20 dólares, entrego un billete de 50 y… no hay vuelto, no seamos mal pensados, hay que esperar unos instantes más….y, aún no hay vuelto. Me lanzan la mirada tipo “euh, está esperando algo más?”, sí, espero mi vuelto!. Ah!, el vuelto, en la oficina nos falta papel (me pregunto, qué tipo de papel?), a veces no tenemos para preparar el tchai(1) (esencial, primario, adorado, amado, casi venerado tchai! Como osé yo!), así que nos quedaremos con el vuelto.

30 dólares de vuelto, no los hará ricos ni me hará pobre (pero si me hará sentir estúpida). No sabía si apuntar en la primera línea del reporte: “en esta oficina, son unos ladrones!, se quedaron con mis 30 dólares”, o un “en está oficina son unos vivos, no nos dejemos engañar”, quizás un “los pobres, no tienen para papel ni para el té, hay que colaborar con las monedas que nos sobran” o simplemente “ir con el dinero justo a pagar”.

Durante el tiempo restante a la misión se repetían escenas como la anterior. Había el sistema de “no hay vuelto” o simplemente el directo “quiero tanto”. Las cifras variaban de, bueno, las cifras variaban mucho (muchísimo).

Así, al término de tres meses pagué por: té, mujeres embarazadas, cinco hijos, mamas enfermas, medicinas, falta de salario, papel, computadoras malogradas, lapiceros, tinta para impresoras, impresoras malogradas, galletas para el desayuno, arroz para el almuerzo, pan para todos, el compromiso de matrimonio por el hijo de alguien, el matrimonio de otro, nuevos nacidos, mellizos, bebés enfermos, vecinos muertos, auto malogrado, bicicleta rota, nueva bicicleta, botellas de agua, recibo de electricidad, recibo de agua, deudas ajenas, y por último, “por que su sueldo es 100 veces mayor al mío”.

 

No creyeron que mi sueldo no era cien veces mayor al de ellos (lo que es cierto, mi sueldo no era 150 multiplicado por 100, ya quisiera yo!), pero no era lejos de ser verdad, el salario promedio de un afgano es 150 dólares mensuales (en el caso de los maestros de escuela, por ejemplo, el salario es de 60 dólares mensuales) y el salario de algunos de las grandes posiciones de las organizaciones internacionales presentes en Afganistán es, efectivamente, en promedio, cien veces mayor.

 

Con 150 dólares (en promedio), los afganos deben alimentar (en promedio) cinco hijos, dos esposas (¿), en general es solo una, madre, padre, hermanos menores, la esposa del hermano, hermanas, sobrinos, en fin, toda la familia.

 

Hasta que las grandes diferencias sigan existiendo, hasta que los que hemos venido a “ayudar a Afganistán” nos llevemos el dinero al bolsillo (legalmente! No se roba a nadie! Estamos trabajando por el futuro de este país!), en fin, hasta que estas diferencias sigan siendo archiconocidas por los afganos, seguiremos pagando por té, mujeres embarazadas, cinco hijos, mamas enfermas, medicinas, falta de salario, papel, computadoras malogradas, lapiceros, tinta para impresoras, impresoras malogradas, galletas para el desayuno, arroz para el almuerzo, pan para todos, el compromiso de matrimonio por el hijo de alguien, el matrimonio de otro, nuevos nacidos, mellizos, bebés enfermos, vecinos muertos, auto malogrado, bicicleta rota, nueva bicicleta, botellas de agua, recibo de electricidad, recibo de agua, deudas ajenas….

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(1) tchai:

 

 

 

 

 

 

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